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v2.1Detrás de escena

Cómo elegimos la nueva identidad: un lagarto minimalista y un verde exacto

LS

Lucas Segurola

Co-Founder & CTO

Cuando terminamos de llevar la app al ink monocromático, pasó algo que no habíamos previsto: el logo quedó fuera de lugar. Teníamos una app callada, tipográfica, sin decoración —y arriba, un personaje lleno de detalles, brillos y degradados. La marca le debía algo al producto. Este es el recorrido —con todos los intentos fallidos incluidos— de cómo la pusimos a la altura, y por qué terminó siendo un lagarto verde. No queríamos un logo nuevo: queríamos el mismo lagarto, dicho en el idioma de la app.

Una aclaración honesta antes de empezar: ninguno de los tres —ni Matías, ni Ezequiel, ni yo— es diseñador. Toda esta exploración la hicimos a pulmón: intuición, el research que pudimos hacer por nuestra cuenta, y muchas preguntas a personas que ya usaban la app y a amigos que nos daban su opinión sin filtro. No buscábamos el logo "correcto" de manual; buscábamos que la identidad reflejara el producto que veníamos construyendo.

El personaje con el que arrancamos

Desde el día uno, Tegu tuvo mascota: un lagarto con rostro, ojos grandes, simpático. Nos sirvió para lanzar y para que la app tuviera calidez cuando todo lo demás era una hoja en blanco. Le teníamos cariño —trabajamos con él estos meses enteros.

El personaje con el que salimos al mercado: rostro, volumen, degradados. Perfecto para arrancar, incómodo al lado de una app minimalista.

Pero puesto al lado del nuevo UI se notaba: demasiado ilustrado, demasiado "dibujo", poco ícono de producto. Reconocerlo a 24×24 —favicon, navbar, ícono de app— era imposible. El detalle que lo hacía tierno lo hacía invisible en chico.

Y ahí apareció la parte difícil, que fue más emocional que técnica: soltar al personaje. Cuando algo te acompañó desde el lanzamiento, simplificarlo se siente como perderlo. Nos costó aceptar que menos rostro no era menos marca.

Primero intentamos simplificar la cara

El primer instinto fue el obvio: si el personaje era demasiado, había que simplificarlo. Probamos ocho versiones monocromáticas de la cara —cabeza sólida, solo contorno, con ojo, sin ojo, más geométrica, más orgánica— con un solo juez: ¿se sigue leyendo como Tegu a 16 píxeles?

Una de las tandas de exploración monocromática de la cara. La mayoría se caía: o eran genéricas, o perdían al lagarto.

Una de esas direcciones la llevamos hasta guía de marca completa: una "Etapa 1" que conservaba la cara pero le sacaba el 3D, los brillos y las manchas, paso a paso —actual → flat → monocromático → una sola forma.

La guía de la "Etapa 1": el método de simplificación (actual → flat → monocromático → una sola forma), usos, escalabilidad, variantes y zona de seguridad.

Pero ninguna nos terminaba de cerrar, y el motivo era de fondo: la cara de Tegu es linda justamente por su complejidad. Los ojos grandes, la sonrisa, el volumen —todo lo que la hace entrañable— es lo que se pierde al reducirla. Al simplificar algo cuya belleza está en el detalle no llegás a una versión mínima de lo mismo: llegás a otra cosa, más pobre. Nos habíamos trabado: cada paso "prolijo" nos alejaba de la marca.

Siendo honesto, cuando llegué acá ya había bajado los brazos. Medio frustrado, asumí que sacarnos de encima al tegu animado iba a ser durísimo, y decidí dejarlo por un tiempo para avanzar con otras cosas que teníamos que terminar. Lo di por pausado, no por resuelto.

La idea de Matías: el cambio de timón

Y justo ahí, con el tema en pausa, el desbloqueo lo trajo Matías: un mensaje a la 1.44 de la madrugada.

1:44
🦎
Matías Vallejos
en línea
Che, nada que ver a las 1.44 perdon, el logo, no seria mejor acercarlo a esto 🦎
1:44

El "esto" era el emoji del lagarto. Y no era casual: varias personas nos habían dicho, sin que preguntáramos, que nos reconocían "por el lagartito". No por el nombre, no por el color: por la silueta. Ya teníamos un activo de marca funcionando —y lo estábamos tapando, tercos, intentando rescatar la cara.

Ese mensaje fue el cambio de timón agresivo que necesitábamos: dejar de simplificar la cara y cambiar de sujeto. No rediseñar el tegu —cambiar qué dibujábamos. Pasar del rostro al lagarto completo visto desde arriba, esa pose que la gente asocia con el emoji. Conservar la esencia hoy, con la puerta abierta a volverlo más abstracto en el futuro.

Buscando la silueta

Con el sujeto nuevo, abrimos el abanico: un lagarto de línea, uno más dinámico, un ícono realista con gradiente. Cada estilo tiraba para un lado distinto y ninguno se sentía Tegu todavía.

Tres direcciones que miramos: linework, dinámico y un ícono realista. Referencias útiles, pero ninguna era nuestra.

Llegamos a una silueta limpia del lagarto visto desde arriba y, por un rato, creímos que estábamos. Pero al mirarla en frío pasaba algo parecido a antes: se sentía estéril.

La silueta intermedia: prolija, pero suavizada de más. Sin tensión, parecía un ícono de sistema.

Radios todos parejos, cabeza de gota, grosor constante, cola sin quiebre. Los logos que recordás —Airbnb, Duolingo, Reddit— nunca son perfectamente suaves: tienen un ángulo, una curva más cerrada, un detalle con carácter. Al nuestro le sobraba suavizado y le faltaba tensión.

Así que fuimos a la silueta a fondo: postura con más tensión, distintas cabezas, pequeños detalles que suman sin ensuciar, trazo más manual. Hasta partimos de bocetos a mano para escaparle a la perfección del vector.

Explorando la silueta: tensión en la pose, cabeza con carácter, detalles que suman, trazo manual y bocetos originales a mano.

En paralelo probamos familias enteras de personalidad —de lo esencial a lo premium, pasando por geométrico, orgánico, duotono, negativo inteligente y trazo continuo— siempre el mismo tegu, distinta actitud.

Nueve direcciones de personalidad para la misma silueta: esencial, dinámico, orgánico, geométrico, textura, duotono, trazo continuo, negativo y premium minimal.

Ganó la más contenida: silueta plena, bordes nítidos, cabeza con ángulo y una cola con curva y tensión. Esencial, pero con carácter —justo la tensión que le faltaba a la versión suavizada. La prueba de fuego fue reducirla: se lee igual de clara en grande que a tamaño de favicon, algo que nunca lográbamos con el personaje detallado.

Y hay una diferencia más difícil de medir pero que para nosotros lo era todo: mientras la silueta estéril parecía un sprite generado, un ícono de sistema salido de una plantilla, la final se siente artesanal, casera. Esas pequeñas imperfecciones —el trazo con algo de mano, la cola con tensión, el grosor que no es perfectamente parejo— son las que la hacen humana. No queríamos un logo que pareciera hecho por una máquina; queríamos uno que se sintiera hecho por nosotros.

Un apunte de cronología, para ser justos: a esta versión final la terminamos de pulir recién después de cerrar el color. El verde lo elegimos sobre la silueta intermedia, la prolija; contamos primero toda la evolución de la forma para que se entienda, pero en el calendario el color vino antes que estos últimos retoques.

La ganadora, probada a escala: de ícono grande a favicon, sin perder legibilidad.

El verde exacto (esto fue lo que más costó)

Con la forma resuelta, faltaba el color. Y acá se nos fue más tiempo del que nos gustaría admitir. Empezamos amplísimo: el mismo ícono sobre diez fondos distintos —negro, azul, violeta, terracota, crema, salvia— para ver cuál decía Tegu.

El board con el que arrancamos el color: la misma silueta sobre diez fondos para comparar de un vistazo.

El negro desaparecía en la grilla, entre tantas apps oscuras; el azul y el violeta no eran nuestros. El verde tenía sentido de sobra —el nombre viene de un reptil, conecta con naturaleza y hogar— y algo más importante todavía: un verde profundo no comunica "ecología", comunica calidad, hogar y confianza. Justo lo que le pedís a alguien antes de dejarlo entrar a tu casa.

Uno de los primeros verdes lo soltamos en una pantalla de inicio real, entre las apps que la gente ya tiene, para ver si el ojo lo encontraba solo. No pasó la prueba: era demasiado lavado, se apagaba al lado de los colores saturados del resto.

La prueba que no pasó: entre Uber, PedidosYa, Claude, Cabify y Despegar, ese verde se veía apagado, demasiado lavado.

Esa captura fue la que nos obsesionó con dar con el tono exacto. Y no bastaba con que se viera bien en una pantalla: el mismo hex rinde distinto en iOS y en Android —cada sistema maneja color, brillo y contraste a su manera—, así que teníamos que encontrar un verde que se sostuviera parejo en todas. Más de un candidato se caía por eso: lindo en el iPhone, lavado o amarillento en Android.

El problema no fue elegir verde. Fue elegir cuál. Pasamos por una cadena larguísima de tonos, cada uno descartado por un motivo específico:

Tono Por qué no
#3F7C66 Buen contraste, pero muy "tech", poco hogar
#4E8E73 Sólido, se iba para el jade
#54937A Fresco pero algo frío
#72956F Cálido y lindo, con un toque mostaza que molestaba
#6B9271 Casi. Premium, natural… pero seguía tirando a amarillo en Android
#4D8160 Este. Verde salvia profundo, sin amarillo, no se lava en pantalla

De hecho, en un momento dijimos "listo, vamos con #6B9271". Lo dimos por cerrado. Pero después de convivir con él un par de días, me crucé de casualidad con la publicidad de un conjunto de cama en un verde pino profundo —y ahí me di cuenta de que el nuestro todavía era demasiado claro para transmitir lo que queríamos. Ese verde de una sábana fue el que me convenció de seguir iterando hasta #4D8160.

Cada salto era de dos o tres puntos de hex. Visto de afuera parece obsesivo —y lo es—, pero el color es lo primero que ve alguien al abrir la grilla de apps, antes que el dibujo. En chico, la marca es una mancha de color con una silueta adentro. Esa mancha tenía que ser inconfundible y no verse apagada, como en esa primera prueba, al lado de un rojo o un naranja saturado. Con #4D8160 recién dejó de lavarse.

Una regla de sistema: el verde casi no se usa

Acá está la decisión que ordena todo: el verde es de marca, no de interfaz. Vive sobre todo en el logo, el wordmark y el ícono de la app. Adentro también lo usamos, pero muy, muy poco —un par de acentos puntuales y nada más. El foco de la app no es el color: es la practicidad. El énfasis lo siguen cargando el ink, el peso y el relleno; el verde aparece solo cuando suma y nunca compite con lo que importa.

Suena contradictorio tener una marca verde y una app casi en blanco y negro, pero es al revés: es lo que le da fuerza a las dos. El verde marca presencia afuera y aporta un guiño mínimo adentro; la practicidad manda en cada pantalla. Cada uno hace su trabajo y no se pisan.

El último ajuste: que se sienta ícono, no ilustración

Con el logo ya puesto, hicimos la prueba más honesta que hay: soltarlo en una pantalla llena de apps —Instagram, Uber, Discord, BBVA— y mirarlo en frío, sin cariño de padre. Aguantó bien: se reconoce a distancia, tiene personalidad y el contraste verde/blanco pega fuerte entre tanto cuadrado con letras. Pero volvió a asomar la vieja tensión: al lado de esos íconos, el lagarto todavía se sentía un poco ilustración y no del todo producto, y algunos detalles finos —los dedos, la punta de la cola— se perdían en tamaño chico.

Así que le dimos una última vuelta, sin rediseñar nada: puro refinamiento de calidad. Emprolijamos las patas traseras y, la clave, separamos la pata de atrás del cuerpo con un pequeño negativo —un corte verde limpio, como si fueran dos formas independientes— para que la silueta se lea nítida incluso a 16 px. Engrosamos los dedos, limpiamos la curva de la cola y dejamos el cuerpo un toque más redondito y amigable. El mismo lagarto de siempre, apenas más "ícono de empresa tech de 2026" y apenas menos dibujo.

La versión final: patas más limpias, dedos más gruesos, la pata trasera separada con un negativo. El mismo lagarto, refinado.

Y algo que tenemos clarísimo: esto es una etapa, no un punto final. Hoy el lagarto es la identidad —lo necesitamos para que la gente nos reconozca y empiece a asociar la silueta con Tegu. Con el tiempo, cuando alguien diga "abrí Tegu" en vez de "la app del lagartito", vamos a poder apoyarnos cada vez más en el nombre: el wordmark al frente, y el lagarto reservado para el splash, el favicon y el merch. Es el camino que siguieron las marcas que admiramos: primero un símbolo fuerte, después la palabra. Pero ese paso se gana con reconocimiento, y el reconocimiento recién empieza.

Lo que aprendimos

No todo se simplifica. Hay cosas que son bellas justamente por su complejidad, y la cara de Tegu era una de esas: cada intento de reducirla le sacaba el alma. La lección fue saber cuándo dejar de simplificar y animarse a un cambio de timón —dejar la cara donde estaba y cambiar de símbolo por completo. La mejor pista, además, no la teníamos que inventar: ya estaba en lo que la gente nos decía sin que preguntáramos. Nuestro trabajo fue escucharla.

Y el color: veinte tonos de diferencia de tres puntos de hex parecen una exageración hasta que ves los dos íconos, lado a lado, en la pantalla de inicio de un teléfono real. Ahí no hay opinión que valga —o resalta, o desaparece.

Que ninguno de los tres sea diseñador terminó jugando a favor: sin manual al que obedecer, el único criterio posible era si la identidad se sentía como el producto que construimos. Preguntamos, probamos, nos equivocamos y volvimos a probar, hasta que el ícono empezó a decir lo mismo que la app.

El lagarto de hoy conserva la esencia del que arrancó con nosotros. La diferencia es que ahora se lee a 16 píxeles, se reconoce en la grilla, y habla el mismo idioma callado que el resto de Tegu.

Y algo honesto para el final: seguramente esta no sea la versión definitiva. Algo se va a iterar, algo se va a mejorar —la identidad de una marca nunca queda "terminada". Pero era un cambio que necesitábamos hacer ahora, antes de seguir atándonos al tegu animado. Porque si queremos ser el marketplace estándar de servicios del hogar, lo que tenemos que transmitir es claro: seriedad, claridad, compromiso y tranquilidad. Un personaje de dibujo, por más querido que sea, tiraba para el otro lado. Esta silueta, sobria y reconocible, empieza a decir lo que somos. La abstracción total puede esperar: por ahora, seguimos siendo el lagartito —solo que mejor dicho.